Accedemos a esta capilla bajo un arco de medio punto, sobre columnas de cantería de granito, que transmiten una sensación de solidez y perdurabilidad.
Destaca en ella la bóveda estrellada, de pesadas nervaduras de mampostería que convergen en claves, a modo de medallones.
En lo antiguo, estuvo cubierta con una sencilla decoración de pintura, con motivos florales en tonos amarillo y burdeos. Es, sin duda, la más hermosa de todo el conjunto.
El arco de entrada está decorado a base de yeserías, con volutas y motivos vegetales en blanco sobre fondos rojos y grises. De estilo barroco, con clara influencia portuguesa.
Restos de esta misma decoración se conserva en el banco del fondo, que sirvió de soporte a un retablo de madera que perduró hasta principios del siglo pasado, según nos ha llegado por transmisión oral.
El zócalo presenta molduras geométricas policromadas, imitando materiales más nobles, como el mármol.
En la pared izquierda, un acceso escalonado, actualmente cerrado, conducía a la dependencia que conecta con el pórtico. Este paso está enmarcado por un arco rebajado y se adorna con una imitación de veteado.
A la derecha se aprecia partes de un marco en mampostería que cogía casi toda la pared. Supuestamente debió contener algún falso fresco o lienzo que destacaba en el conjunto de la capilla.
Alberga este lugar dos sepulturas. Las que serían última morada de individuos de notable linaje, estatus social o compromiso religioso.
Casi con toda seguridad uno de estos enterramientos sirvió de reposo al ilustre hidalgo portugués José Mendoza Hurtado y Alburquerque, quien, a petición propia, eligió ser enterrado en este convento. Un documento que se conserva, sin hacerlo de forma precisa, parece situar su tumba en el presbiterio, a la entrada de esta capilla.
Así, este espacio no solo conserva la memoria de quienes aquí descansan, sino que también es un testimonio de la trascendencia histórica y cultural del lugar.

